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Empezamos por el final a comentar el episodio de Los Galeotes, del Quijote de Cervantes; muy mal final, por cierto, ya que no es costumbre entre bellacos y follones la de ser agradecidos, como enseguida se percataron el Buen Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero Sancho.

 “Viéndose tan mal parado, Don Quijote dijo a su escudero: siempre Sancho lo he oído decir, que hacer el bien a villanos es echar agua  en el mar”  (Miguel de Cervantes Saavedra, el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha)

Y así acaba la historia del democrático idilio de Don Quijote de la Mancha con unos delincuentes condenados a servir condena (remar) en las Galeras del Rey; y “reinserción social” es como llaman los modernos  hipócritas de la progresía, en su búsqueda de poder y votos, a lo que el personaje Cervantino en cambio definía como “echar agua en el mar”.

La sociedad civil, cuando en su nombre la zurdería favorece malas conductas, muchas de las cuales quedan sin castigo, o se castigan con penas  demasiado leves, que casi nunca se cumplen en su totalidad, no hace más que esto de lo que se quejaba Don Quijote: “echar agua en el mar”… actitud muy lamentable habida cuenta de que ese agua la pagamos nosotros y sale de nuestras cantimploras y no de las de la zurdería, que tan pródigamente la dilapida a cambio de votos. Invitan ellos, pagamos nosotros. 

Nos contaba Cervantes que un buen día, cabalgando Don Quijote y Sancho, vieron que venían hacia ello doce presos encadenados entre sí por el cuello, las manos engrilletadas; Sancho los reconoció como lo que eran, galeotes, que es lo que son los presos forzados a remar en las galeras reales. A Don Quijote, ya de por sí, le causaba rechazo la sola idea que el Rey forzara a nadie a actuar contra su voluntad; los libros de caballería le habían enseñado a respetar y defender, por igual, tanto el libre albedrío del Poderoso, como el del más humilde de los desfavorecidos. Al caballeroso justiciero su trastornado estado mental le impedía ver el cuadro completo y la realidad tal como eran,

ni siquiera cuando preguntó a los propios presos y sus guardas, que eran cuatro, dos a caballo y dos a pié, las razones de su desventurado cautiverio; uno adujo que por amor…a lo ajeno; otro por alcahuete, a Don Quijote no le parecía mal lo del oficio de alcahuete, ya que un buen celestino profesional proporciona a quienes utilizan sus servicios discreción, orden, seriedad, y relativa limpieza; 

otro declaró cumplir condena por cantar, entendiendo por “cantar” confesar los crímenes a sus interrogadores, en siendo, no obstante, Don Quijote del parecer que “quien canta sus males espanta”; otro confesó ser un mujeriego, que engañaba y mancillaba doncellas a docenas, así otro condenado de la fila contó el cuento de que su castigo fue por el motivo de carecer de diez ducados…para “untar” escribanos y justicias; el que resultó peor de todos era un pendenciero, que condenado a 10 años de galeras, todavía amenazaba al Jefe de la Guardia que mantenía preso a todos ellos, a la par que los conducía en el largo viaje a los remos de Su Majestad. Al Jefe de la Guardia, como es natural, no le caían en saco roto las amenazas, y les daba cumplida réplica, por lo que a Don Quijote, con su obsesión justiciera, le parecieron ofensivas y crueles estas palabras dirigidas a un ser humano desarmado y esposado…lo que finalmente le determinó tomar guerrera y repentina acción,

cargando a caballo contra la Guardia, sorprendiendo y derribando a su Jefe. Y en aprovechando la oportunidad brindada por el ataque del audaz aunque demente caballero, presto se liberaron los presos ellos mismos de sus cadenas, y acabaron por hacer huir a las cuatro guardas, apoderándose de algunas de sus armas; la escopeta fue a parar a las manos del más peligroso de estos galeotes.

En reuniendo a su alrededor a los liberados rufianes, el caballeroso liberador, lejos de pedirles como justa recompensa, sus votos o dineros, tan sólo les rogó que fueren al pueblo del Toboso para dar cumplido relato de su gentil y valerosa hazaña a su amada Dulcinea; petición a la que estos malhechores se negaron, por el peligro de que les encontrara y recapturara

la Santa Hermandad, culpables como eran ahora, de además de los cargos que ya pesaban sobre ellos, también de los de huida y asalto a la Guardia. Sus instintos de consumados delincuentes les aconsejaba, al contrario, que huyeran, cada uno por su lado, hacia el monte, hacia Sierra Morena, manteniéndose, por el momento, alejados de toda población. En escasos momentos la discusión entre Caballero y villanos fue subiendo de tono, hasta que los recién libertos galeotes, percatándose de que el Caballero estaba algo perjudicado en la azotea, y olvidando cualquier sentimiento de gratitud que pudieran deber al Valeroso Hidalgo Libertador, si es que hubieran tenido alguno, lo que, dada calaña moral de los individuos, es más que dudoso, procedieron a apedrear a Caballero y Escudero derribándolos de sus monturas y dejándoles en el mal estado que se describe, con las propias palabras  de Cervantes que cierran  el relato, y reproducidas al principio de este escrito…

 …y, en habiendo pasados los siglos perduran en nuestra memoria Miguel de Cervantes, soldado y escritor, con sus personajes El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y su Fiel Escudero Sancho Panza; el reino ya no tiene galeras ni remeros forzados (galeotes) que las remen. Los descendientes de estos galeotes tiempo ha, amigo Sancho, que han bajado del monte y pululan en nuestras ciudades y plazas, siendo estos modernos “libertos” tan truhanes y viles como los de antaño, pero con la Santa Hermandad sustituida, en estos malos tiempos, por una Satánica Hermandad que ya ido mucho más allá que la de comprarles los votos; hoy día son los malandrines, rufianes, follones, bellacos, y gentes de mal vivir quienes son votados, y elegidos por sus votados correligionarios, para oKupar instituciones públicas y propiedades privadas,

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amén de someter en general a las buenas gentes gobernándolas; seas consciente además, fiel Sancho, de que el Moro, con la ayuda de traidores y villanos que conviven con el Noble Pueblo Español, ha vuelto con fuerza al país. Moros a los que nuestro propio creador, Miguel de Cervantes, combatió victoriosamente en la Batalla de Lepanto, y que, incluso preso del Islam, se las arregló para darles mala vida con sus fugas o intentos de fuga. Los malos, Sancho, se sirven de, y sirven a, estos bellacos y otros cuyo propósito es dividir el reino. Están en libertad, no ya por las locuras idealistas de este anciano caballero y amigo que ahora te habla, te digo, con la cordura recuperada, que hogaño los follones melenudos están libres por la ambición de malas gentes y gandules, y no por la audaz, aunque imprudente actuación de este amigo que así te habla.