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Anciano Obispo de Mallorca, denunciado en el Vaticano por un butifarra afectado por ataque de cuernos. Así se puede resumir el suceso o, según se mire, crónica social, que ya bastante se encarga la prensa local de aportar sórdidos detalles. Pero como se centran en el tema eclesiástico, cosa que les encanta, aquí me voy a referir, mayormente, a la parte presuntamente ofendida:

¡LOS BUTIFARRAAAAAS!

Butifarra, además de un conocido embutido, es el nombre con el que se conoce localmente a la nobleza mallorquina. Por lo general, los apellidos de los Butifarras o Botifarras son de origen catalán, y se dice que llegaron en 1229 con Jaime I para conquistar Mallorca.

  Según esto, en la expedición del Rey Jaime I de Aragón parece que iban los antecesores de los actuales botifarras. Para la nobleza local, esta escuadra naval podría ser el equivalente mediterráneo de lo que fue, y es, el buque

Mayflower para los “patricios” estadounidenses, según ellos mismos, los primeros en poblar y arrebatar a los nativos aquellas tierras de la América del Norte; son tantos los americanos que reclaman una plaza en el Mayflower para un antepasado suyo, que por fuerza ese buque tuvo que ser el más grande construido en toda la historia de la marina mercante; pioneros los americanos, simplemente antiguos los  butifarras, tienen ambos en común el orgullo de los supuestos conquistadores, la altivez de seres superiores al resto de los advenedizos mortales. Y aquí termina la similitud entre el patricio americano y el botifarra de Mallorca.

Porque si en el Nuevo Continente tuvieron unos comienzos humildes aquellos pioneros, que con muchas dificultades fueron superando, hasta llegar a la prosperidad de nuestros días a base de industria, mérito, imaginación, y esfuerzo, a sus equivalentes butifarras  de la isla, desde el principio, se les dieron tierras, privilegios  y patrimonio; riquezas que, en demasiados casos, el tiempo, el derroche, la indolencia, y la falta de iniciativa fueron diluyendo.

 Sitiados en el Castillo de Bellver por la multitud en 1391, durante la revuelta de la plebe por ellos explotada y expoliada, lograron convencer a aquella furiosa muchedumbre de que la culpa de sus desdichas la tenían los judíos de la Isla. Y de este modo se las arreglaron para desviar la atención de sus abusos e iniciar la primera cruzada antisemita. De estas persecuciones nació el feo apelativo de “xueta”, para referirse a estas personas judías injustamente perseguidas, víctimas de la envidia ajena, sobre todo de la “aristocracia” local, que ya entonces les debía mucho dinero. Este antisemitismo les llevó a, si no  cierto racismo, que nunca han admitido, ciertamente sí a un elitismo mal disimulado, ya desde hace siglos; hasta el extremo de presionar a los Jesuitas, llegados a Palma en el siglo XVI, para que celebraran misas en las capillas particulares de sus palacios; eso fue, claro está, cuando los Jesuitas se pusieron de moda la primera vez. Este furor enfermizo, que no religioso, llegó a su fin cuando el rector prohibió las misas fuera del colegio a su congregación.

Y, ya en tiempos más modernos, por ejemplo, pudimos ver a un Botifarra,  que en el ejercicio, sin la titulación correspondiente, del oficio de veterinario, se ocupó del traslado urgente de una vaca, muerta por causas desconocidas, desde una lejana finca rural hasta el hospital (para personas) de Son Dureta, el más grande de la Isla; de hecho el único hospital moderno de aquellos entonces. Ocurrió porque este falso veterinario tuvo la idea de meter

la vaca muerta en una furgoneta con la intención de llevarla urgentemente al Matadero Municipal de Palma de Mallorca, para poder vender la carne legalmente antes del cierre. Por la premura de tiempo, instó al chófer para que corriera todo lo que pudiera tocando la bocina, mientras él, sentado a su lado, sacaba y agitaba un pañuelo blanco por la ventanilla. En aquellos años era práctica común, y admitida, el traslado urgente de personas humanas enfermas y heridas en coches pidiendo paso con bocinas, luces largas, y pañuelos sacados por la ventanilla; eso era debido a que las ambulancias eran escasas, y mucho más en zonas rurales, por no mencionar que entonces, como ahora, las ambulancias transportaban seres humanos. Ya en carretera, furgoneta, conductor, vaca muerta, y noble veterinario-butifarra tuvieron la buena/mala suerte de encontrarse

     con la Guardia Civil de Tráfico, que muy diligentes y sin detenerse, se pusieron con las motos delante de la furgoneta, abriendo paso con luces y sirenas de verdad hasta…el hospital, y no el matadero, asumiendo, con toda lógica, que trasladaban a un enfermo o herido humano. Cual sería la sorpresa de los guardias al llegar a destino y descubrir el cargamento. Según me contó en persona, años después, el “veterinario”, la risa de los guardias

 no les impidió cursar la denuncia. Yo mismo, en su día ya había leído la noticia, publicada en la prensa sin citar nombres, por tanto conocía los hechos pero no la identidad de los “transportistas”; cuando el protagonista en persona me lo contó, la verdad es que, conociéndolo desde hace tiempo, no me extrañó lo más mínimo.

Otras anécdotas dignas de mención, también del moderno Siglo XX son la del Palacio de Juan March, el banquero, que hizo construir junto a, o más bien pegado a, el edificio que albergaba el socialmente exclusivo Círculo Mallorquín, se dice que en venganza de que los butifarras vetaran su ingreso como miembro. Ambos edificios  todavía pueden verse, uno junto al otro.

Hoy en día el edificio del Círculo alberga el Parlamento Balear; el otro, primer plano en la foto, sigue siendo de los March. Otra divertida anécdota, puede que apócrifa o leyenda urbana, es la de un célebre periodista mallorquín, ya fallecido y muy apreciado en la profesión, a quien, por su condición de xueta, pusieron innumerables pegas a su solicitud de admisión como socio del Círculo, y cuando al fin le admitieron, fue una sola vez para utilizar el servicio, tirar de la cadena, y marcharse para no volver nunca más. Tuve el gusto de hablar brevemente con el caballero, persona muy inteligente, que aunque no nos contó el mismo la anécdota, dio la (buena) impresión de ser perfectamente capaz de hacer esto y alguna cosa más; desde luego, no era hombre de tertulias tontas o charlas insulsas, y además tenía gran sentido del humor…

 …y hablando de sentido del humor, había una misa dominical en la basílica de Santa Eulalia a la que acudían los butifarras y no pocos de sus chaqueteros; esbirros tiralevitas que no dudaban en acometer

auténticas “hazañas” de velocidad, desde sus más o menos lejanas playas o lugares de veraneo, para llegar a tiempo y hacerse ver en esta misa los domingos de verano. Y es que, además del Círculo, controlaban la Caja de Ahorros local, y conservaban influencias para la obtención de empleos en Ayuntamientos y algunas importantes empresas locales; aparte de que hacer la pelota es compulsivo en alguno de estos siervos de la butifarrería.

Y la penúltima butifarrial ha sido ahora mismo, ya en pleno siglo XXI, la denuncia interpuesta en el Vaticano contra el Obispo de Mallorca, por un supuesto adulterio, aunque en España el adulterio ya no sea delito, para la Iglesia sí podría ser motivo para el cese de un obispo. Es difícil ser más ridículo que un cornudo, ver el libro de C.J. Cela, para percatarse de la cosa; pero denunciarlo en el vaticano supera hasta la imaginación de don Camilo en esta muy docta y didáctica obra; lo ridículo da paso a lo patético.

 Es privilegio de los Grandes de España, no confundir con los España, el poder permanecer cubierto ante el Rey; este privilegio no se ha ideado para que el Grande oculte los cuernos, caso de llevarlos.

Tampoco para airearlos en el Vaticano.

 

 

que luego pasa lo que pasa

 (Y voto a Brios, que si te tengo que traducir el cartelito rojo, es que eres muy BUTIFARRA)