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¡Cavernícola!…¡cavernícola!…¡cavernícola!…y así, toda la tarde se la pasó gritando una niña desde la piscina; a juzgar por la voz, no debía de tener más de cinco años. Desde mi ventana del quinto y último piso del edificio, no puedo, como podía antes, ver la piscina; hace unos años que los árboles ya tapan la vista, árboles que, cuando los plantaron en 1985, no nos llegaban ni al hombro; árboles que todavía crecen y han visto crecer un par de generaciones de niños.

Los niños cuando oyen una palabra nueva que les suena bien, la repiten, y esta niña  se la repetiría a algún compañero de juegos porque le hizo gracia. Tal como se aprendió la palabra, y le gustó como sonaba, la repitió hasta que, al día siguiente, para ella cayó en desuso, y a otra cosa, otra palabra nueva. Hoy, por ejemplo, conminaba a los otros niños con un “¡huye!”; los niños normalmente dicen “corre” o “escapa”. Es la que lleva la voz cantante en la panda, con sus palabras de niña culta, pero algo repipi, y hace bien; así consigue que le presten atención…niños y mayores.

Y ello me transportó a recuerdos de cincuenta años atrás en el tiempo, a más de 1.000 Kms de donde ahora estoy, de dos ocasiones en las que pude viajar entre 10.000 y 30.000 años atrás en el tiempo, al Paleolítico de Altamira. En los años 60 y 70 pude visitar dos veces estas cuevas, un tercer intento, en los 80 ya no pudo ser,

  las Cuevas de Altamira se habían cerrado al público, para evitar la contaminación por anhídrido carbónico. Ahora se han vuelto a abrir para grupos muy reducidos. Hace más de 10.000 años un derrumbe selló las cuevas hasta que fueron descubiertas y reabiertas a finales del siglo XIX por Marcelino Sanz de Sautuola, antepasado del banquero Emilio Botín. Cerrada, el propio microclima de la cueva preservó las pinturas estos diez mil años, pero ya en el siglo XX aparecieron síntomas de deterioro por permanecer abiertas.

El poder ver estas cueva fue un privilegio, no debido a mérito propio, sino a la suerte de ser lo bastante viejo; tanto que me permitió, no una, sino dos veces, la oportunidad de asomarme al arte del paleolítico. Estas dos visitas me permitieron corregir la falsa, pero muy común, impresión que de las gentes prehistóricas tenía;

  pese a haber estudiado, desde muy joven, la asignatura de Geografía e Historia, y después, la de Historia del Arte, y por ello conocer algo la Edad de Piedra, y Altamira, la idea imaginada sobre aquellos seres, era de que eran unos salvajes semi-humanos que habían descubierto el fuego por casualidad. Los libros de texto incluían una pocas fotos de estas pinturas rupestres, pero claro, no es lo mismo que verlo en vivo, por lo que la pintura rupestre nos sonaba un poco como al amigo Ruperto, que ni pintaba, ni dibujaba, ni salía en el NO-DO, como salían Salvador Dalí o Pablo Picasso.

Pero si en persona, cara a cara te encuentras con estoy con esto otro 

o esto, la opinión sobre la cultura paleolítica cambia radicalmente, ya que la sensibilidad artística que denotan estas pinturas está muy lejos de lo que entendemos por “mentalidad primitiva”. Una organización social lo suficientemente civilizada como para permitirse el amor al arte (expresión muy a cuento en este caso) y su perfección. Se da el caso de que, en algunas de estas pinturas, los artistas se inspiraron en el contorno y protuberancias de la roca para, primero imaginar, y luego realizar, estas verdaderas obras de arte. Esta misma calidad de las pinturas hizo que, en un principio, los paleontólogos del siglo XIX dudasen de su autenticidad, hoy en día autentificada con las tecnologías ya disponibles.

Pero hay filmaciones, ofrezco un par muy buenas.

Todavía queda una pequeña de colonia bisontes en el centro de Europa. Aquí, en Palencia, España, hay algunos. Se considera un animal en peligro de extinción.

(dedicado a Plácida, con la que me llegué a Santillana del Mar, en 1980 y pico, y nos encontramos con que la cueva estaba ya cerrada al público; lamentablemente ya no pude compartir esta experiencia con ella)