Marzo, también el mes del claro y fuerte cántico de los mirlos…pero desde aquel Marzo del 2004, salvo que el canto del mirlo permanece, poca cosa más se ha aclarado sobre los cruentos sucesos, que a partir del día 11, acontecieron en ese mes de aquel año.

Pese al canto del mirlo que no han conseguido enmudecer, Marzo, en España, ya no evoca el alegre comienzo de la primavera; antes al contrario, en la imaginería de este mes predominan penumbras neblinosas, que, cual criaturas engendradas por el más medieval de los ocultismos, distorsionan luz, sonido, y distancias. De la niebla y la poca luz sale el mal, que es la verdad tapada y distorsionada, que de los atentados del día 11 de aquel mes de Marzo, nos ofreció la versión oficial. Oculta en alguna parte bajo el manto de brumas oficial, intuimos, sin acabar de localizarla, la VERDAD sobre la autoria real que tanto dolor causó ese día, hace ya once años. Verdad intuida como el marino intuye el peligro de los arrecifes que en la oscuridad acechan ocultos, arrecifes borrados de los mapas por desleales cartógrafos.

Marzo Español, único caso planetario de cambio climático causado por el Hombre, Marzo de Primavera, Marzo engullido por las Tinieblas, el Dolor, y la Traición. Marzo de vagones ocultos o destruidos por quienes ahora tanto critican la destrucción o desaparición de, mucho mas pequeños, discos duros de ordenador.

Siguiendo la mano que nos ha tirado la piedra, que se delata ella misma tratando de ocultarse, recorremos todo el brazo, y luego el hombro que nos conduce al rostro que,

  escondido tras la máscara, sonriente nos espeta: ¡conspiranoicos! ; anónimo y hábil mago que con sus siniestros juegos de manos nos hace desaparecer, de los laboratorios, muestras, y de las estaciones, trenes y vagones enteros.

La Verdad Judicial es diferente a la Verdad, nos confirman en lo que ya sospechábamos. Y del cruento crimen del 11 de Marzo de hace once años, sólo quedan 200 asesinados, miles de familias destrozadas, y un par de poco creibles y nada probables chivos expiatorios.

Pero siempre nos queda el canto

del mirlo, en primavera