Cuento algo surrealista, pero más o menos verídico, para el día de los Reyes Magos, que en realidad es un cuento del día de Navidad y Santa Klaus.

Érase una vez un Niño Muy Bueno que vivía con sus padres en una hacienda situada en los alrededores del Sureste Asiático,   y en una Navidad del principio de los años cincuenta, hace ya mucho tiempo, a su padre se le ocurrió prometerle un tren eléctrico para que jugara.

Y para ello el Padre del Muy Buen Niño viajó a la capital para buscar en la jugueterías el tren eléctrico; y tren eléctrico encontró, vaya que si lo encontró, de hecho fue el Tren quien lo encontró a él.Con un imponente Marklin HO se volvió a su casa, el maletero lleno con las cajas que contenían la locomotora y sus vagones, las vías, y los accesorios del enorme y ampliable circuito ferroviario, con su estación, puentes y túneles. El tren en sí era muy realista, con sus luces y la locomotora de vapor, que cuando se le introducía una pastilla por la chimenea echaba humo y todo…

Demasiado tren (quizá) para el Muy Buen Niño de siete u ocho años, ya no se acuerda exactamente de cuantos,   o demasiado tentador para el Padre, que cuando lo tuvo montado en un cuarto, asignó esa habitación y el tren para el sólo; de ese momento en adelante el tren sólo lo tocaba él, el Muy Buen Niño sólo podía mirar.

Claro que quitarle un juguete a un niño, aunque fuese a este Niño Casi Santo, rebasaba todos los límites de lo justo…  con lo que la rabieta del Muy Buen Niño fue (según le contaron, ya de mayor) antológica; LA SITUACIÓN REQUERÍA UN TRUEQUE, y no un trueque cualquiera; al Muy Buen Niño le habían enseñado a conducir un Jeep, pero estaba fuera de cuestión regalarle un Jeep, eran propiedad de la compañía. Se consideró brevemente  una buena caña de pescar, pero se descartó porque el mar quedaba lejos de la hacienda, en la piscina de la compañía no había peces, y el rio lo disfrutaban los cocodrilos    , así que nada de caña de pescar. A todas estas el Padre tenia un gran armario-armería debido a su afición a la caza y también por necesidades de defensa, ya que habitaban en territorio rico en fauna compuesta, sobre todo, de caza y  demás bandidaje comunista. Y justamente su última (o penúltima) adquisición era casi un juguete en comparación al resto de “los palomos de la paz” que había en ese armario suyo…

Así que dieron con el trueque ideal, el Tren a cambio de un Precioso Rifle Winchester semiautomático del calibre .22, equipado con mira telescópica.

  Muy novedoso para la época, era un arma muy precisa, muy poco pesada, y casi sin retroceso, que el Muy Buen Niño, además, había podido probar en bastantes ocasiones. Y la alegría natural del Muy Buen Niño fue felizmente, con este justo y sabio trueque, restaurada…

UNA SOCIEDAD VERDADERAMENTE FELIZ SE BASA EN EL LIBRE INTERCAMBIO DE BIENES, EN LOS QUE LA PALABRA DADA ES LEY.

(Un niñato de la Caspa académica comunista se hubiera quedado con el rifle y el tren, pero eso sería materia para otro relato, no para este alegre (y un tanto surrealista) cuento navideño.)