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…Y que duró una semana.

A esta escuela teníamos que asistir los ágrafos infantes que habitábamos esta hacienda de 6.500 hectáreas recolectora de caña y productora de azúcar. Una docena de salvajes de entre doce y seis años que no leían pero que sabían conducir un Jeep, limpiar, cargar, y disparar un arma, robar cigarrillos a los mayores, disfrutar de un colocón de Benadryl, un jarabe para la tos de color bonito y que estaba muy rico, y nadar, y pescar, y algún truco o numerito más, como orientarse con la ayuda de un compás, en mi caso particular; el mayor de todos, un “abuelo” de doce años tenía un reloj de pulsera y hasta sabía decirnos la hora. Esto debía ser en 1952 o 53 más o menos. O en 1951, vete a saber. Los recuerdos de la infancia son en su mayoría borrosos…

…Por lo que este relato, basado en acontecimientos reales vividos y recordados en lo esencial, es por fuerza una versión muy libre en cuanto a detalles concretos. Esta libre versión de los hechos conserva todo lo esencial de aquella brevísima temporada en la que tuvimos maestra y escuela, y también es fiel reflejo del carácter surrealista de lo acontecido en ese período…

… Fiel reflejo gracias a nimios detalles inventados o de mi propia cosecha destinados a darle salsa y relleno a la historia y a conservar todo el surrealismo de esta vivencia, ya que surrealistas son todas las vivencias de un niño cuando intervienen los adultos; los niños, incluso los más asilvestrados, tienen sus vidas dirigidas por adultos que por lo general  no comparten ni entienden la lógica de un niño; al menos no del todo. De ahí que el niño intuya que los adultos tienen misteriosas (cuando no absurdas) maneras de razonar; y el niño está en lo cierto hasta que…crece.

I (los rumores…)

…Rumores sobre una nueva escuela que empezaron un mes antes de la llegada de la maestra; resulta que nuestros padres y demás adultos se dieron cuenta, al parecer de repente, de que poco sabíamos sus vástagos de números y letras. Y nosotros, Asilvestradas Criaturas del Señor, íbamos pillando fragmentos de lo que hablaban los mayores esos días en nuestras casas y en el local social (cine, bar, piscina, tenis, bodas, bautizos, y comuniones) de la plantación. El Bahay Kubo, o Bajay Kubo…

 …llamaban a ese local social, un sitio agradable con corrientes de aire relativamente frescas para el trópico. El aire acondicionado no había llegado aún (aunque faltaba poco) y por eso había galerías abiertas en casi todas las construcciones habitadas. Pues bien, con esos fragmentos de conversaciones oídas a los grandes, los Enanos Asilvestrados íbamos haciéndonos nuestra propia composición de lugar, a base de rumores en nuestros conciliábulos; las intrigas y conspiraciones son parte de la segunda naturaleza del ser humano, incluso del ser humano pequeñajo. Lo de la tierna infancia mejor dejarlo para los cursis; mejor aún, lo dejamos a los caníbales pues es más cosa de antropófagos, sí; decididamente, sí. Y estos rumores resultaron bastante exactos. Analfabetos, sí. Pero tontos, no.

Lo que no sabíamos era que nuestros padres, que dirigían la plantación, buscaban que la compañía propietaria pagara a la maestra. Eran empleados jóvenes, casi todos españoles, que la compañía (una multinacional española) había ido destinando a esta hacienda desde el final de la guerra contra Japón. Primero vinieron mis padres, recién liberado el país por los americanos, poco antes de nacer yo mismo, y luego, poco a poco, los demás. El caso es que era un sitio inmenso e inhóspito, alejado de la civilización, con animales salvajes, incluidos entre estos últimos los hukbalahap, terroristas armados con moderno material americano. No había escuela. Y resulta que la empresa pagaba poco. Y resulta que aquellos empleados con los años iban casándose y teniendo hijos. Y resulta que los hijos crecen y llegan a una edad en la que tienen que ir a la escuela. Incluso en medio de la Selva.

Foto de arriba: imágenes de unos Hukbalahab, abreviado “huks” para los amigos. No es que pusieran cara de cabrón, es que eran unos cabrones.

Y así lo entendió también la compañía, ya que se avino a pagar nuestra enseñanza en su plantación sin ninguna objeción, pese a saber que sería una nómina muy cara la de un maestro (o maestra) en tan aislado y peligroso sitio. 

Y encontraron maestra; muy joven y de la nueva hola docente de postguerra, recién salida ella misma de la escuela y sin experiencia; sabía poco español, por lo que nos enseñaría 100% en Inglés. Cobraría el triple que en la capital, “la civilización”, o en cualquier otra población. Los futuros educandos ya sabíamos todos hablar en Inglés; las películas americanas sin doblar que daban (echaban) en el Bahay Kubo tenían mucho que ver. (Más tarde, ya en España, me enteré de que veíamos las películas americanas en el Bahay Kubo antes de que se estrenaran en España).

II (la confirmación de los rumores)

Y cuando ya estuvieron seguros los adultos de que tendríamos maestra, y habiendo decidido ellos la ubicación de la escuela, procedieron a dar la noticia a toda la Santa Infancia Escolarizable. Individualmente, cada familia se la dio a su niño o niños en edad escolar. Luego ya tendríamos tiempo de comentar la novedad entre nosotros, la docena o así de niños a quienes iban a escolarizar.

A nosotros también nos dieron la noticia en casa, a mi amigo y compañero Ginger, un  genial perro cocker spaniel, y a mí.  Y nos dieron la noticia después de uno de nuestros habituales San Fermines Matutinos con los Pavos. Mi hermano menor era demasiado joven todavía para la escuela. Y también para nuestros San Fermines Avícolas.

Así que la noticia nos la dieron a

 Ginger y a mí después de nuestro San Fermín Matutino con los Pavos de aquel día. Muchas mañanas, después del desayuno, y a falta de algo más interesante que hacer, íbamos a nuestro corral de los Pavos de la Mala Leche, y abría yo la puerta, para entrar al corral con Ginger. Una vez en el corral, correteando y haciendo ruido no tardábamos en cabrear a los pavos, y una vez cabreados los pavos (nunca había menos de una docena en nuestro corral), huíamos dejando la puerta abierta, con lo que “corríamos los pavos” perseguidos hasta la puerta de la cocina de casa, que cerrábamos una vez que estábamos dentro y a salvo.

Y fue después de una de estas corridas cuando nos comunicaron lo de nuestro Próximo Encuentro con la Cultura y el Conocimiento, Claves para un Brillante Porvenir y No Sé Cuantas Cosas más. El caso es que ese día casi nos perdimos la segunda parte de la diversión: la recogida y posterior encierro de los pavos que, cuando desistían en su intento de derribar la puerta de la cocina, se dispersaban por el jardín; y era un inmenso jardín, casi medio kilómetro hasta la carretera. Y de recogerlos y devolverlos al corral se encargaba, entre juramentos, el personal del servicio; una de las pocas ventajas que tenían los empleados de la compañía al estar destinados en la hacienda era servicio doméstico abundante y barato, quizá pagado parcialmente por la compañía. En particular muy gracioso estaba en su empeño de lidiar con los pavos un gordo vigilante de la compañía, con sus botas y uniforme militar de campaña, completado con casco de acero y fusil Garand reglamentario del ejército americano, que llevaba colgado del hombro con la correa.

(Foto de arriba, fusil semiautomático Garand del Ejército americano, completo con casco de acero, fundas de lona para munición, petate, correaje, bayoneta, y un cargador “peine” con su munición; todo muy letal pero que no impresionaba a los pavos.)

Nos molaba mucho a Ginger y a mí ver a este pobre hombre, que además estaba gordo, perseguir un pavo…que a veces se revolvía y le perseguía a él. Pero ese día hasta Ginger quedó tristón y meditabundo por la noticia…

(Foto de abajo) el pobre Ginger, escuchando a mis padres dándonos la “feliz noticia” foto mía no hay; espero haber sabido mantener la compostura igual o mejor que Ginger.

III (Llega la maestra-Armando Treinta y Ocho)

Ante todo , tranquilos: la maestra no se llamaba Armando Treinta Y Ocho (38); del nombre de la maestra no me acuerdo, o sea que la llamaré como nos dijeron que nos dirigiéramos a ella: yes ma’am” así que para mi, después de tantos años, es y será Yes ma’am.

 Armando Treinta y Ocho era el nombre con el que los empleados (españoles en su mayoría) de la plantación habían bautizado al chofer oficial del administrador de la misma; incidentalmente, mi padre. Su verdadero nombre de pila sí era Armando, pero Treinta y Ocho no era su verdadero apellido, lo de Trienta y Ocho se lo sacaron por la matrícula oficial del coche que usaba mi padre, un Bel Air del 51 cuyo número de placa era

 el 38 del municipio al que pertenecía la plantación. El calor tropical y el aislamiento del lugar les aguzaba el ingenio en sus muchos ratos libres. Armando Treinta y Ocho fue a buscar y traernos a nuestra nueva maestra en ese Chevrolet, con placa número 38. El largo viaje para traerla en uno de los Jeeps, comprados al U.S. Army, pintados de blanco para que (en lo posible) no nos tirotearan mucho, y carentes de matrícula para que no salieran de la plantación (ambas cosas idea de mi padre), hubiera sido incómodo y hasta peligroso debido a que carecían de techo duro, puertas y maletero, y también debido a que al bueno de Armando no se le daba muy bien conducirlos. Así que el Chevy fue una buena elección dado que la mayor parte del viaje se haría en carretera asfaltada. En la plantación la carretera de circunvalación era de tierra, y lo demás eran senderos, caminos de mulo, vados de rio sin puente, o bien incluso  íbamos y veníamos literalmente campo a través, muchas veces con ayuda del compás; ahí el Jeep estaba en su elemento.

Así que llegaron sanos y salvos los tres, Yes ma’am la maestra, Armando el chofer, y el Beal Air. Por la tarde, y hechas las presentaciones con los padres en una cena de bienvenida a la que asistieron sólo los mayores, Yes ma’am fue conducida a su casa-escuela para descansar hasta la mañana siquiente, primer día de clase y presentación a su alumnado, la Encantadora Infancia.

IV (Presentación, primera clase)

Creo recordar que causamos buena impresión a nuestra maestra. Bien advertida sobre nuestras carencias culturales, en cuanto lo académico, se sorprendió mucho de nuestros buenos modales y urbanidad formal; le sorprendió que cuando entraba en clase nos levantáramos; o que cuando una mujer entrara en cualquier salón los niños se levantaran como cualquier hombre adulto; o que tuviéramos buenos modales usando  los cubiertos en la mesa, modales casi de diplomático. Y de todo ello se dio cuenta prácticamente el primer día. Incluso Ginger, que asistía a clase conmigo un ratito hasta que se cansaba y marchaba, hacía gala de buenas maneras: le ofrecía la pata para darle la mano y no alborotaba mucho.

El aula estaba en una sala de la misma vivienda que la compañía le había proporcionado, una casa bastante grande junto a las nuestras que hasta es momento  nadie ocupaba; era una casa bien mantenida y amueblada, pensada para seis o siete personas,  con los  electrodomésticos modernos de la época. Todas estas casas de la hacienda disponían de cocina y neveras eléctricas, además de un congelador grande y un calentador eléctrico de agua. (Las neveras eléctricas no empezaron a popularizarse en España hasta finales de los 50). La hacienda, desde la fábrica de azúcar, nos proporcionaba electricidad independiente de la red pública. Además de producir azúcar, la fábrica era nuestra central eléctrica.

(Foto de arriba: foto actual -año 2004- de la fábrica de azúcar en estado de semi abandono. En los 50, explotada por españoles, estaba en pleno rendimiento y proporcionaba corriente eléctrica a la plantación; junto a las barreras de entrada, lo que parece una garita de vigilancia para el centinela, era una garita de vigilancia con centinela.)

Además casi siempre estaba invitada a comer o a cenar en casa de alguien, o en el Bahay Kubo con alguno de los empleados solteros. Los habitantes españoles de la plantación llevaban una vida social muy activa, para compensar el aislamiento del lugar, casi rodeado por la selva, y la lejanía de España. Las cenas formales y los estrictos modales de los niños en la mesa también eran para intentar  compensar estas dos cosas.

En aquel momento éramos demasiado jóvenes para darnos cuenta, pero ahora creo que esos días con nosotros fueron los mas libres de la vida de Yes ma’am; de vivir ,como estudiante de magisterio, en la capital con sus padres, pasó a disponer de un trabajo, un buen sueldo, casi una mansión para ella sola, y la compañía de los empleados solteros de la compañía destinados, como ella, a la plantación. Los niños de la clase nos portábamos bastante bien, salvo alguna excentricidad más impropia por precoz que por mala conducta en sí. Por ejemplo el detalle que tenía alguno de nosotros de sacar un encendedor y ofrecer lumbre cuando alguien, algún adulto, sacaba un pitillo de la cajetilla o de la pitillera. O de tener casi todos sus alumnos  algún arma en propiedad o a su cuidado en sus respectivas casas. También le parecería raro ver a alguno de nosotros conduciendo un Jeep de la hacienda; casi todos ya sabíamos hacerlo, mientras ella misma aún no conducía. Pero por primera vez en su vida era una persona muy libre, libre como un adulto, nuestra maestra…libre como su “brillante alumnado” o más: los papás los tenía convenientemente lejos, en la capital.

Aquel primer día la cosa pintaba bastante bien para todos; teníamos tan sólo dos horas lectivas al día en un principio, porque hasta que hubiéramos aprendido a leer y escribir algo, más tiempo de clase hubiera sido poco productivo.

Pero la dicha tan sólo duró un par de días porque…

V (Segundo día de clase, aprendiendo a escribir la primera letra del alfabeto, la “A“)

… Porque aquella misma noche hubo el primer gran tiroteo del año entre el Hukbalahab y la Constabularia local con la participación de tiradores espontáneos nuestros desde alguna de las casas de la compañía. Los “Huks” y la Constabularia eran enemigos tradicionales desde 1945, sobre todo en nuestra zona.

 (foto antigua con elementos -de uniforme con las armas de fuego- de la Constabularia; era el equivalen a nuestra Guardia Civil en ese país.)

La mañana siguiente nuestra maestra estaba visiblemente nerviosa y alterada, y se notaba que había dormido mal. Para colmo hubo que matar, usando escopetas, dos cobras negras, descubiertas por Ginger, que se habían metido en su jardín; más tiros. Posiblemente las cobras sólo iban en busca de ratas que a su vez iban en busca de basura; pero con las cobras nunca se sabe a quien acaban picando.

(foto de arriba: la conocida y “popular” cobra, una maldad venenosa rayana en el populismo)

VI (hoy aprendimos a escribir la segunda letra, la “B“)

Otra vez hubo tiros la noche anterior, aunque menos y más lejanos. Aparentemene no se disparó desde ninguna de las casas del vecindario. Pero fue una clase muy triste para nosotros, que ya le habíamos cogido cariño a Yes ma’am, por lo que su visible desasosiego se nos contagiaba;  se notaba que aquella noche tampoco había podido descansar. Era tan joven que era como uno de los nuestros. Cuando finalmente no pudo contener las lágrimas, con Ginger acompañando sus sollozos con sus gemidos caninos, fue demasiado hasta para nosotros; aquella clase parecía ya un velatorio con plañideras profesionales. Pero con bravura, al acabar sabíamos escribir la B.

Uno de nosotros fue a buscar al doctor S… que acudió enseguida con su maletín de las pastillas. El doctor S…, un médico de empresa español destinado en la hacienda, vivía también en una casa de la compañía que, junto a las nuestras, hacía las veces de vivienda del médico y de enfermería y clínica. Era un soltero no muy mayor, sociable, y que caía bien a todos, sobre todo a los niños, porque nunca nos ponía ni nos mandaba poner inyecciones, y era muy liberal recetándonos Benadryl. Además atendía gratuitamente a todas la personas que vivían en la plantación e inmediaciones, aunque no fueran empleados de la hacienda. Tenía asignado un Jeep, y era un pésimo conductor, lo cual hacía que sus visitas gratuitas, hechas en su tiempo libre a enfermos que no estaban en nómina de la compañía, tuvieran mucho más mérito si cabe. Estos pacientes eran pobres y humildes, y de vez en cuando alguno le regalaba un pollo o una gallina como detalle de agradecimiento.

El maletín del doctor llevaba las cosas propias de su oficio y muchas, muchas, pastillas, la mayor parte para consumo propio. Porque entre las horas de consulta en su casa-clínica, rondas y visitas a pacientes “oficiales” de la compañía,  las visitas “pro bono” (por razones humanitarias) a enfermos de la zona en su tiempo libre, y  su activa vida social (era de los más juerguistas), dormía poco y comía a deshoras. Así que pastillas para mantenerse despierto por la mañana, y para dormir cuando se le pasaba la hora del sueño. Y pastillas para la resaca, acidez de estómago, para abrir el apetito cuando no tenía ganas, para entretener el apetito cuando tenía hambre, vitaminas (que estaban de moda y hacían furor en la época) de todas las clases entonces conocidas…y muchas más cosas. El contenido, en 1951, de ese maletín hubiera hecho un buen papel en el Tour de France del 2014; también hubiera rivalizado con cualquier discoteca ibicenca de hoy en día.

Y así que le dio una píldora a la maestra, y le tranquilizó a ella y a la clase con sus diez minutos de compañía; era uno de esos médicos cuyos pacientes mejoran en cuanto le ven. Es un don especial. A nosotros nos dio un frasco de Benadryl, como consolación.

Enterados nuestros mayores, decidieron reevaluar el riesgo real  que para la maestra suponía su estancia (ya grata para nosotros, sus alumnos) en la hacienda. Nosotros, los empleados y sus familias, ya lo teníamos asumido y estábamos acostumbrados; algunos hasta demasiado acostumbrados; al Sr. B…., un catalán muy español que trabajaba en la oficina, le gustaba coger el Jeep por las noches y buscar camorra (a ser posible encontrando algún “Huk”) por los barrios periféricos de la hacienda; y no era el único, aunque si el más belicoso de todos ellos. Mi padre, y los jefes de mi padre en la capital, se lo tenían prohibido, y cuando se le llamaba la atención se estaba tranquilo una temporada.

VII (Última clase. Viernes. Letras “C” “D” y “E”;  Angustiados y agarrando un clavo ardiendo.)

Noche anterior tranquila pero tensa, salvo un solitario disparo de mortero

que impactó inofensivamente  en algún jardín; llega y hace su primera patrulla nocturna entre las casas una tanqueta cedida con su dotación por el Ejercito Filipino, gracias a gestiones de mi madre ante un general pariente lejano suyo. Creo recordar que la tanqueta y sus tripulantes se quedaron un par de meses. A lo mejor el disparo de mortero de esa noche iba dirigido a la tanqueta, pero falló por mucho, y no lo repitieron; seguramente tampoco les interesaba que el blindado acabara localizándoles; esto no son más que conjeturas mías. A priori un terrorista dispara un mortero porque tiene un mortero.

 

(foto de arriba: blindado, no tengo ni idea si era del mismo modelo que nos prestaron, en todo caso es parecido al que recuerdo: con ruedas y sin cadenas).

Yes ma’am, la maestra hacía peor cara, se notaba que el miedo, la angustia, y el cansancio iban calando cada vez más en su ánimo. Su naturaleza tímida, que le impedía explayarse con desconocidos, tampoco le ayudaba nada.

Mientras tanto, aquella misma mañana, mi padre había ido a parlamentar con el jefe de los Huks, viejo conocido suyo; fue solo y desarmado, llevándose el Jeep, al cuartel general de los Huks, cuya ubicación secreta sólo conocía él; ni la Constabularia ni el Ejército tenían idea de dónde estaba la base los Hukbalahap. Este líder comunista de los terroristas y mi padre, enemigos al principio de la llegada de mis padres a la hacienda por diferencias ideológicas (mi padre había sido oficial en el Ejército Nacional de Franco durante la Guerra Española y eso lo sabía todo el mundo), con los años habían aprendido a respetarse y ser casi amigos; de ahí que hubieran podido llegar a acuerdos en lo referente a la plantación y a la seguridad de los empleados españoles y  sus familias; los demás no corrían peligro. A cambio no se les hostigaba cuando pasaban por territorio de la hacienda en sus correrías, siempre y cuando estas “excursiones” fueran nocturnas y no interfirieran en la marcha normal de la plantación. De vez en cuando algún incidente (como los de estas últimas noches) ocurría, era inevitable, y se volvía a parlamentar. Eso no entraba dentro del sueldo ni el contrato de mi padre, aunque era sabido pero no reconocido.

De lo que transpiró de aquella reunión secreta lo esencial era que el líder de los Huks en breve…¡ se jubilaba!. Se retiraba a otro remoto lugar y dejaba la guerrilla. Cuestiones de edad y salud, parece. Consecuencia: todo lo negociado quedaría anulado cuando llegaran los nuevos líderes de la guerrilla, que nombrarían los señoritos del Partido Comunista desde la capital. De lo negociado no había nada escrito, todo era un pacto verbal entre caballeros.

Con lo que ya no quedaban garantías (aunque fueran relativas) para nosotros ni para la maestra.

Ajenos a la reunión con los Huks y a que esta sería la última clase, nuestras dos últimas horas, pero intuyendo el mal ambiente, nos aplicamos en la clase con entusiasmo, como si fuera un juego; como si nuestra aplicación, porque nos hacía olvidar los problemas, fuese también a borrarlos; cojo el lápiz, dibujo las letras de la maestra, las copio de la pizarra al cuaderno, diligentemente, sin mirar por la ventana ni a Ginger, y con este gesto, hago una magia en la que el mal desaparece del mundo. Apretando ese lápiz, me refugio, igual que los compañeros, en una normalidad cálida, en el universo seguro contenido en el aula, con su olor a tiza, olor desconocido por nosotros hasta entonces, olor nuevo, olor a orden. Hasta nuestra tímida maestra pareció relajarse y contagiarse por la magia, que nos negábamos a reconocer efímera, de esas dos horas, dos horas que ese día no interrumpimos con el tiempo de descanso, para que duraran más.

Los relojes blandos, La persistencia de la memoria

Pero nuestra magia no podía detener el reloj. El fin de la clase estaba peligrosamente cercano a la hora de comer; otros adultos nos llamarían, desde nuestra diferentes casas, a la mesa, a comer. Además sabían perfectamente donde estábamos todos en ese momento: en clase y juntos en casa de Yes ma’am. Inconvenientes de la normalidad, que no obstante habíamos aprendido a apreciar. El espíritu necesita un Norte y un Orden, una normalidad.

Y, efectivamente, ese día tuvieron que venirnos a buscar  para ir a comer; además, teníamos hambre; cuerpo y espíritu van de la mano, pero a veces tienen diferentes agendas.

VIII (Fin de semana. Reaparición del Mono Malvado. Ajusticiamiento del Mono Malvado. La gota que colmó el vaso.)

 Aparecía y desaparecía por el barrio un mono bastante antipático y hostil que gustaba de meterse en las casas para destrozar las cosas y morder a personas y mascotas pequeñas. Así pasaba días hasta que volvía a desaparecer. Para sus fechorías escogía casas temporalmente deshabitadas, o en su defecto, las casas menos habitadas, y sin perro.

Aquella tarde del Viernes de Nuestra Última Clase (aprendimos a escribir hasta la letra D) fue justamente el escogido por el Mono Malvado para hacer su reaparición. Y ya habrán adivinado en casa de quien hizo su “entrada triunfal”…

…Y no tardamos en recibir la llamada telefónica de auxilio de la maestra; todas las casas disponían de teléfono, vital en aquel sitio; las armas eran opcionales, y en casi todas las casas había alguna, y en muchas, una colección. La maestra, una joven de la capital, no tenía, aunque se le ofreció que escogiera alguna de las nuestras. Por fortuna el mono no le había cortado el paso al teléfono.

Y en su ayuda acudieron los mayores. El mono en ese momento estaba en la cocina, tirando platos al suelo para romperlos. Pero esa juerga a la griega con rotura de platos,

 le iba, al fin, costar la vida. Todos los caballeros que acudieron a salvar a la maestra iban armados, bloqueaban la puerta de la cocina, y la ventana estaba cerrada con una tela metálica para mosquitos, que el mono tardaría algo en poder romper, así que enseñó los dientes, dispuesto a morder la yugular al primero que entrara en la cocina…

y mi padre hizo los honores, pegándole un tiro con un revolver, precisamente el revolver que, en la primera tregua que pactaron, le regaló su “amigo” el jefe de los Huks, en señal de buena voluntad, “señor Kiko, por si los bandidos”, dijo, bien mirado tenía guasa el regalito, que inauguró la colección de armas de mi padre.

Y desparramados quedaron trozos de cráneo y sesos de mono en la pared y suelo de la ensangrentada cocina, todo ello mezclado con los platos rotos. Una escena que le hubiera gustado filmar a Quentin Tarentino,

que nacería una bastantes años más tarde.

Una cuadrilla se encargó de limpiar es desaguisado en un santiamén, allí se disponía de abundante personal para estas labores, pagando un extra.

Durante ese último fin de semana vimos a la maestra por el Bahay Kubo y en alguna de nuestras casas. En algún momento entre el Sábado y el Domingo hubo una reunión de los padres de los alumnos con la maestra, en la que mi padre les comunicó el contenido de su última entrevista con el jefe de los Huks, lo mas importante es que este jefe se retiraba y que retomar los pactos con los nuevos Huks sería largo y complicado, si es que era posible. El mínimo de seguridad a la que la maestra tenía derecho, y que por ahora, bien que mal, habíamos podido mantener, se esfumaría en cuestión de días.

Durante esa reunión se habló, por teléfono, con los padres de la maestra, que básicamente estaban encantados y aliviados con la próxima vuelta de su hija a casa, a la seguridad y a la normalidad. Estaba decidido. Se iría con una indemnización considerable, y encontraría un puesto de maestra en la capital, y por el momento viviría con sus padres. Como siempre tuvo que ser. Una chica menor de veinte años y soltera, debía vivir con sus padres. En la normalidad de los tiempos de paz.

IX (Epílogo, comentarios sueltos. FIN)

En el fondo, los niños también sabíamos o intuíamos esto. En algún rincón de nuestras mentes sabíamos que “lo normal” estaba fuera de nuestro pequeño universo de 6.500 hectáreas.

Aquel Lunes Negro, cuando nos dijeron que la maestra se había ido temprano por la mañana, nos apenamos pero no nos extrañamos; no se había despedido de nosotros, nos dijeron, porque le daba mucha pena hacerlo; también normal, era una persona sensible, como deberían ser todas la personas. Nos enseño una pequeña parte del abecedario, pero sin saberlo ni ella ni nosotros entonces, lo más importante que aprendimos fue que nosotros también éramos sensibles. Lección no pretendida, como son casi todas las que se dan con el ejemplo. Que son las más valiosas.

Poco después el doctor S…fue destinado a otro lugar mejor, cosa nada difícil. Su filosofía de “una píldora para cada ocasión” no era inusual para la época y lugar; no debe escandalizar. Por ejemplo, a finales de los 50 en todo Occidente era práctica legal y común recetar anfetaminas para adelgazar. Y las vitaminas (también una para cada cosa) se habían puesto más de moda que la urnalatría(*) en el siglo siguiente.

Un año o dos mas tarde nos vinimos a vivir a España, aunque a mi padre la compañía le volvió a “fichar” poco después para que volviera a encargarse de la hacienda, ya que los tiros volvieron, con más virulencia si cabe. Se marchó para no volver hasta 1963, año en el que terminé yo el Bachillerato, año en el que nació Tarentino, que se hubiese puesto las botas filmando en aquella plantación.

Ni antes ni después de que nos viniéramos a España hubo ningún otro maestro o maestra que se atreviera a venir a la hacienda. La de aquel Viernes Negro fue la última clase que se dio. La única que se atrevió a probar, quizá por inconsciencia juvenil, fue nuestra Yes ma’am.

Ginger falleció en la hacienda a los 13 años de edad, cuando yo estaba aún en el colegio en España.  Se había quedado ciego. La ceguera es bastante común en los cocker. Descansa en paz, buen amigo que estarás en el cielo de los perros.

Armando Treinta y Ocho se retiró ya mayor, con un glaucoma que también lo dejó ciego. Seguía vivo cuando finalmente volvió mi padre a España.

La plantación, con su fábrica de azúcar se vendió a una familia local, con intervención del gobierno filipino. Ha cambiado el dueño, pero no el mal ambiente; sólo que ahora son los nuevos dueños (que además son el gobierno) y no los Huks los que maltratan a los trabajadores. Y parece que la intención es la de urbanizar todo y abandonar la caña de azúcar. La dulzura (al menos la azucarada) ya no tiene sitio en los nuevos tiempos.

Los Hukbalahab fueron finalmente derrotados por el ejército, dicen que con ayuda de la CIA, capturados y disueltos como guerrilla y grupo terrorista.

Por lo visto los infiernos siempre serán infiernos aunque sean paradisíacos.

Yo mismo tuve que aprender a leer y escribir ya en España y en español, mediante clases particulares intensivas, para poder ingresar en el colegio con la clase de los alumnos de mi edad. Pero a los doce años fui capaz de leerme las obras completas de José Ortega y Gasset; y capaz de entenderlas…

(*) “Urnalatría” Neologismo mío que significa adoración a la urnas y sacralización de los votos; Psicopatología tan común que ni siquiera llama ya la atención.