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Azulejos que reproducen y detallan la parte superior de la tumba de Inés de Castro, debajo de la estatua se ven con mas claridad que en la tumba original (porque es de mármol blanco) el Escudo de Armas de los Fernández de Castro. Seis círculos azules sobre campo gris, blanco, o plateado.

ESCUDO DE LOS FERNANDEZ DE CASTRO / ESCUDO DE DOÑA INÉS DE CASTRO, REINA DE PORTUGAL.

“Sólo es bastardo quien actúa como tal y desprecia sus raíces” (Joao Camoens do Amonal, el célebre insurrecto  poeta portugués) 

La legendaria historia real de doña Inés de Castro (1325-1355) que reinó después de muerta por muy amada.

Esta peregrinación a su tumba, que culminamos mi mujer y yo el pasado 24 de Junio, me la prometí en los años 60  cuando mi padre me contó la historia, que yo ya conocía de modo incompleto por haberla estudiado en el bachillerato. Resulta que hasta que mi padre me contó la historia de doña Ines, ignoraba la parte más importante en lo que a mí concierne: la parte en la que se dice que los Fernández de Castro somos descendientes de Inés. El libro de texto de Historia no mencionaba el hecho, y nuestro profesor de Historia ignoraba que uno de sus alumnos, este Fernández de Castro, era descendiente de Inés de Castro; o eso quiero yo pensar: en donde vivo había (y hay) una tendencia a no apreciar mucho los apellidos compuestos, sobre todo los no asociados a grandes fortunas, supongo que debido a que los de la reverenciada, por los chaqueteros de turno, nobleza local no lo son. Compuestos, quiero decir. La nobleza debemos suponérsela a todo el mundo; de todo tiene que haber en las numerosas viñas del Señor. Lo cierto es que tienden a llamarte Fernández en lugar de Fernández de Castro. Lo cierto es que me importa un pimiento. Lo cierto es que a un hombre le basta con saber quien es y ser fiel a sus raíces. Fernández a secas es un nombre muy digno, tan digno como cualquier apellido local de campanillas, seguro. Y ahora que nadie nos oye, podemos decir que incluso más.

Era el pasado 24 de Junio de este mismo año 2014, era nuestro segundo viaje a ese gran y querido país, Portugal. Habíamos llegado la tarde anterior a Fátima desde Madrid, por carretera, e hicimos noche en un hotel de esta localidad, tras visitar el santuario al atardecer; vimos un arco iris, desde el santuario, quizá obsequio de la Virgen. Por poder, podría. La cámara de los teléfonos apenas lo pudo captar. Seguramente los móviles no saben de milagros; casi mejor, sería una impertinencia por su parte.

Y al día siguiente, cincuenta años después de mi promesa, fuimos al cercano (desde Fátima, santuario en foto de arriba)) monasterio de Alcobaça, donde pude cumplir lo prometido a Inés. Una experiencia que comparto con mis lectores, o mejor dicho, con la paciencia de quienes por casualidad me leen.

Es historia mía, pero también (y esta es la excusa para escribir esto) es Historia de Portugal y España.

Con la ayuda de las precisas indicaciones, que en perfecto español nos dio la recepcionista de nuestro hotel en Fátima (nuestra “base de operaciones” las dos veces que hemos estado en Portugal), llegamos a Alcobaça (pueblo) dando un paseo corto en el coche, disfrutando de nuevos paisajes, y viendo desde la carretera las industrias de ladrillos, azulejos, y tejas de la comarca, con sus almacenes y hornos situados al borde del camino. La tierra de la comarca da un color especial a las tejas.  Llegamos, sin problemas y despacito, en una media hora, al destino.

Y allí empezaron mis problemas. Mi movilidad a pie es reducida por mala circulación y artrosis, con el resultado de que cojeo y tengo que pararme cada cierto número de pasos por fatiga muscular en las patas debido a falta de riego sanguíneo (oxígeno) en los músculos de estas extremidades. Tengo unos días peores que otros, y el hecho de estar operado del corazón y llevar marcapasos tampoco ayuda. Y el aparcamiento oficial asignado a los visitantes del monasterio está situado en lo alto de una colina, lejos y por encima del monasterio. Por suerte pude aparcar el coche en otro semiprivado situado algo más abajo y cerca. Aún así me esperaba una bajada en pendiente, luego unas escaleras descendentes, y una larga calle empedrada paralela a un muro lateral del monasterio, en ligera cuesta arriba. Luego tenía que girar a la izquierda para dirigirme a la entrada principal del monaterio. Y naturalmente estaba el camino de vuelta…

La tumba de Inés de Castro está situada en la iglesia del Monasterio cisterciense de Alcobaça a la izquierda del altar, frente a la de su marido el Rey Pedro I de Portugal, el Justiciero, situada a la derecha de ese mismo altar. En la parte superior de sus respectivas tumbas están las estatuas yacentes de la Reina Inés de Castro y del Rey Pedro I de Portugal; están encaradas por los pies, según instrucciones del Rey Pedro, para que en el Día de la Resurrección de los Santos, lo primero que vea la pareja al incorporarse sea el uno al otro.  

 

Arriba la tumba de Inés de Castro, abajo, foto mas pequeña, la del Rey Pedro; ambas tumbas en mármol blanco y del mismo tamaño.

En el pueblo, con el nombre Inés de Castro, hay una escuela y un hotel, posiblemente una calle, hasta donde sabemos…es persona histórica muy querida y popular en el pueblo y en todo Portugal.

Bajábamos, mi mujer y yo, las citadas escaleras cercanas al aparcamiento, cuando una pareja canadiense nos preguntó por la entrada principal del monasterio. Aclarándoles que también éramos turistas, les indicamos que “bajando las escaleras, calle arriba, doblar la esquina y a la izquierda” (downstairs, up Street, upon arriving to the corner, turn left, and at some unknown distance, the main doors). Amablemente intentaron caminar con nosotros, pese a ver como cojeaba yo, así que para no demorarles les indiqué que se adelantaran, que yo tenía que además pararme a descansar cada 50 metros o así. Y, ya dispensados, y secretamente aliviados, no les culpo, se nos adelantaron. La calle, empedrada y en ligera cuesta arriba, era al menos 400 metros larga y  estaba flanqueada por un muro del monasterio en la izquierda y una industria abandonada a la derecha. O sea que estábamos viendo uno de los cuatro lados del monasterio. Inmenso. Así que calle arriba, parando cada dos por tres, subíamos…

Cuenta la historia que el amor entre Inés de Castro, nacida en Galicia e hija de Pedro Fernández de Castro y de Aldonza Lorenzo de Valladares, y el entonces Infante Pedro de Portugal fue un amor a primera vista, con el final trágico por todos conocido. Lo que los cursis llaman un flechazo. Inés de Castro había llegado a Portugal y conocido al entonces Infante don Pedro, allá por el año 1340. Tenía ella 15 años; él 20. Viajó Inés a Portugal acompañando precisamente a doña Constanza, que había accedido y pactado casarse con don Pedro de Portugal. Pero la historia de amor entre Inés y Pedro empezó en cuanto se conocieron, antes de esa boda de estado pactada con Constanza y continuó durante ese matrimonio de conveniencia, sin interrupción…

Hasta que tras la muerte (dando a luz) de Constanza, y la posterior boda en segundas nupcias (boda puesta en tela de juicio por sus detractores) del Infante Pedro con Inés, intrigas cortesanas, ajenas a Inés, debidas a un temor difuso a las poderosas influencias que los Fernández de Castro tenían tanto en Castilla como en Portugal, hicieron creer equivocadamente al padre del Infante Pedro, el Rey  Alfonso IV, que Inés y los hijos que en aquellos años había tenido con su hijo, podían hacer peligrar futuras sucesiones al trono y el futuro del mismo reino de Portugal. Incluso, como peligro más inmediato, podían haberle hecho creer que su continuidad como Rey corría peligro. Esta última amenaza es la más plausible para que el Rey Alfonso IV finalmente diera luz verde , en 1355, al asesinato de Inés de Castro. Es creencia general que Alfonso IV era reacio, al principio, a hacer daño a Inés, porque sabía que era ajena a cualquier intriga palaciega. Hoy en día a esto lo llamarían “asesinato preventivo”. 

A unos 100 metros de la esquina, decidimos que mi mujer se me adelantara, para que al menos ella tuviera la oportunidad de entrar en el monasterio y visitar las tumbas. Entretanto yo trataría de acercarme lo más posible; estaríamos en contacto con los móviles. Después nos dimos cuenta de que el mío estaba bajo de batería…

En 1355 Inés de Castro, madre de tres hijos vivos, tenía tan sólo 30 años, y Pedro de Portugal, el padre de los hijos de Inés, 35 años. Los enemigos del futuro Rey, siempre basándose en un temor inconcreto a las poderosas influencias de la familia de ella, convencieron en algún momento a Alfonso IV de que se les permitiera matar a Inés. O quizá Alfonso IV percibiera a Inés de Castro como una amenaza. Lo cierto es que en Coimbra, el 7 de Enero, aprovechando una cacería del Infante…

Por vergüenza torera, y solo, llegué cojeando penosamente a la esquina, la doblé y di unos pasos hacia la entrada principal. La fachada principal era impresionante, con su pórtico central y sus dos torres. Y, sobre todo larga, para mí. Debo aclarar que la promesa que en principio me hice a mí mismo, en algún punto de estos cincuenta años transcurridos, se convirtió en una promesa a mi antepasada; mi admiración hacia su persona iba creciendo con el tiempo. No podía fallarle.

En la esquina de la izquierda, que se ve en la foto, estaba yo; trescientos metros hasta la escalinata, hasta el pórtico. Mi mujer, de avanzadilla, me hizo señas de que entraba, y volvió a desaparecer…

…aprovechando, decía, que Pedro de Portugal estaba de cacería, su padre el Rey Alfonso IV, acompañado por los instigadores y asesinos, “visitaron” a doña Inés y a sus tres hijos vivos. Dicen que los visitantes eran el propio Rey Alfonso, y los instigadores y ejecutores materiales Antonio Gonçalves, Pedro Coelho y Diego Lopez Pacheco. 

…tardé otros diez minutos, contando tres o cuatro paradas más, en llegar a las escalinatas que llevan al pórtico. Muy cerca, y muy lejos todavía, nueva parada al pie de los escalones. Por experiencia sé que no es recomendable parar en un escalón; mejor subirlos todos de un tirón hasta el siguiente rellano.

Dicen algunos que doña Inés ya sospechaba de las intenciones de esa “comitiva real”; esto forma más parte de la leyenda que de la realidad, o de eso que llaman Historia. Según estas versiones, Inés de Castro, acompañada por sus hijos, esperó al Rey y sus acompañantes, y nada más recibirlos, suplicó por su vida. Ello implica que conocía de antemano sus intenciones; pero, conociendo esto, ¿hubiera ido Pedro de Portugal de cacería?; la respuesta es obvia: NO. Así que lo más probable es que al principio tomara la presencia de su suegro, el Rey, y sus acompañantes, como una visita normal, y creyera que sus intenciones eran más bien las de visitar a su marido para hablar de algún asunto de estado; pues poco se ocupaba ella de asuntos de la política y de la Corte.

Y siguen habiendo muchas versiones sobre estos últimos momentos (que bien podrían haber sido horas) de mi pobre Inés Fernández de Castro, o Inés de Castro como la llamaban.

Tengo mi propia teoría o versión del triste suceso y cobarde y cruel asesinato. Pero antes…

  Tras unos pocos minutos para recuperar la circulación de las patas, subí los primeros peldaños de la escalinata, hasta la primera terraza. Incidentalmente me es más fácil subir que bajar escaleras. Enseguida me animé a subir el último tramo. Hecho esto, estuve cinco minutos seguidos apoyado en una especie de falso descansillo, recuperándome sin llamar demasiado la atención; había una chica y un señor haciendo lo mismo.

Mi propia versión de los hechos (por demás democrática: todo el mundo parece que tiene al menos una) es que mi antepasada y sus pequeños hijos recibieron a su suegro y a sus siniestros acompañantes sin sospechar que estaba ante sus verdugos. Pensaba que tenían la intención de visitar a su Pedro de Portugal, sin saber que estaba ausente, de cacería. Pensaba que, pese a ir acompañado de esos siniestros personajes, conocidos enemigos de su familia, se alegraría el Rey de ver a sus nietos.

Pienso que al principio no se dio cuenta, hasta que miradas furtivas entre sí de los asesinos, la mirada esquiva del Rey, evitando la suya y la de sus nietos, los hijos de corta edad de ella y Pedro…

Transcurridos los cinco minutos recorrí el último trecho que me separaban de la abiertas puertas principales del monasterio, ignorando en que parte del mismo me encontraría tras traspasar el umbral; no tenía que haberme preocupado:

 

estas puertas daban directamente a la iglesia. Muy bien iluminada. Y al fondo el altar. A ambos lados del altar, fuera de mi campo visual, sabía que tenían que estar, a mi derecha la tumba del Rey Pedro I de Portugal, y a mi izquierda la de nuestra Reina Inés de Castro.

Confirmando mis cálculos cruzó de derecha a izquierda mi “avanzadilla de la expedición”, mi mujer. La llamé al móvil y quedó muy sorprendida cuando le dije que ya estaba dentro del templo, muy cerca, y que la había visto. Me esperaría junto a la tumba de Inés. Y allá fui. Era un alivio caminar sobre el suelo de la iglesia, comparado al empedrado que había en los alrededores del monasterio. Y así me volví a reunir con mi “avanzadilla”, junto la tumba de Inés

Poco a poco la joven Inés, y lo que es peor, sus hijos de corta edad, presentes en la reunión, por esas miradas extrañas, esas pausas en la conversación , también por lo que hoy en día conocemos como “lenguaje corporal”, se fueron dando cuenta de que algo muy grave ocurría. La tensión iba en aumento, el Rey ya no podía mirar a nadie…hasta que se hizo el silencio y Alfonso IV abandonó la sala sin mirar a la esposa de su hijo ni a sus nietos; pero los secuaces quedaron mientras el Rey se marchaba.

Y cometieron el crimen con sus dagas y puñales, desoyendo las peticiones de clemencia que les hizo Inés mientras tuvo fuerzas para ello, y desoyendo también las súplicas y gritos aterrados de los pobre niños, forzados a ver como mataban a su joven madre… 

Un buen rato permanecimos ante la tumba de Inés, resulta extraño estar ante una antepasada mucho más joven que uno mismo, pero más allá de constatar esta extraña paradoja, mis sentimientos eran de máxima admiración (pocas personas han sido tan amadas en la Historia de la Humanidad) y de cósmica tristeza. Una tristeza de 650 años que enfría el alma, como frío se nos antoja el interior de una tumba de mármol…

Y finalmente salimos, yo con la promesa de escribir sobre esta experiencia, sobre todo para cuando mis nietos sean un poco mayores. Y, a decir verdad, sin tener ni la menor idea de como hacerlo. Pero esto ya lo habréis notado.

Y ya afuera bajamos a la plaza, sin hablar de lo visto, otra vez como turistas normales. Demasiado intenso para hablar de ello nada más salir. Estas cosas se tardan años en comentar. Y habrán unos pocos años, si las medicinas que tomo cumplen su función, además de hincharme…las narices y alguna cosa más.

Ya se sabe, un día comentamos una cosa, otro día otra…

Y aquí hubiera terminado el relato, pero obligado es comentar lo que fue del mundo poco después de Ines, ya que es de Justicia hablar de la Justicia que se aplicó después. De la de verdad. Justicia que no fue posible hasta que Pedro el Justiciero fue al fin Rey de Portugal, en 1357, tras la muerte de su padre, Alfonso IV, el que actuaba como hombre de estado. Decía él. Alfonso IV. Y Justicia, que no venganza, finalmente se hizo de este modo.

El nuevo Rey hizo saber al mundo que se había casado en secreto con su amada Inés tras la muerte de Constanza, su primera esposa.

-El nuevo Rey proclamó a Inés de Castro Reina de Portugal, debido a este matrimonio.

-Y por ello hizo coronar a Inés de Castro. 

-Y mandó construir las dos tumbas del Monasterio de Alcobaça.

Y que los restos de su esposa fueran trasladados de Coimbra y enterrados en esta nueva tumba. 

-Y que la estatua yacente de Inés que estaba sobre su tumba portara la corona de Reina.

-Y consiguió capturar a dos de los asesinos de Inés, Pedro Coelho y Antonio Gonçalves; seguramente que con la ayuda de los hermanos Fernández de Castro hermanos de Inés.

-Y mandó que estos dos asesinos pagaran con su vida.

(Las versiones coloristas de que hizo sentar los restos de Inés en el trono, para hacer que la Corte de Portugal le rindiera homenaje besándole la mano, es dudosa por razones obvias. Y lo que se dijo y dice de que a los dos asesinos ajusticiados se les arrancara el corazón, a uno abriendo el pecho y al otro desde la espalda, también es probable que sea más Leyenda que Historia.)

Y así se hizo justicia, que sirvió de consuelo al Rey y a familiares y allegados contemporáneos de ella, y también a la personas de bien de generaciones futuras, hasta nuestros días y más allá, hasta el Final de los Tiempos.

Y con esa Justica concluimos que el Triburral de los Derechos esos de Estrasburgo, Comisión de Derechos Esos de las Naciones “Unidas”, burrisprudencias y  demás monsergas modernas de los Siglos XX y XXI, son un atraso con respecto a la Buena Justicia, que no venganza ni revancha, del Siglo XIV.

Y así doy por terminado mi relato de nuestra visita a Inés de Castro, Real Persona y Personaje Querido de la Literatura Universal, y base de dramas de ficción sobre amores desgraciados. Sólo decir que salimos del Monasterio y nos quedamos un rato en la plaza que hay frente al mismo, antes de volver despacito al coche, y pasear por los alrededores. De hecho nos llegamos hasta Coimbra, antes de regresar a Fátima, para pasar nuestra segunda y última noche de este viaje a Portugal. Al día siguiente cogíamos carretera para volver a España, vía Salamanca.